Fueron cuatro en menos de un mes. Corría el verano de 1942 y Gregorio Cárdenas figuraba ante los ojos de sus vecinos de la colonia Tacuba, en la Ciudad de México, como un joven que rentaba una casa con bello jardín. Cultivado con esmero por la propietaria, ese espacio era admirado por las señoras Cristina Martínez y Elvira Velázquez de Peña, compañeras de faenas domésticas y tertulianas habituales del vecindario.
Para ojos acostumbrados a reparar en detalles, como los de Cristina, no pasó desapercibido el hecho de que en la mañana del 7 de septiembre apareciera un enjambre de moscas coloridas. Alertada por el sonido de los insectos, dirigió su mirada al techo del vecino, donde divisó lo que parecía ser un zapato de mujer lleno de lodo. El objeto no encajaba con el entorno, pues ese hombre vivía solo.
Curiosa, llamó a Elvira, quien confirmó la precisión de su mirada y aportó otro detalle inquietante: junto al calzado solitario había un trozo de papel periódico con una visible mancha roja. Al observar con más atención, se dieron cuenta de que las plantas que otrora le daban su identidad al prolijo jardín parecían haber sido arrancadas de cuajo y donde antes hubo verde y flores, ahora solo había tierra revuelta, de donde sobresalía el cadáver de una mujer.
La capacidad de observación de esas dos vecinas fue el detonante de un descubrimiento aún peor: el inicio de un caso de asesinato serial que recibió una exacerbada atención de medios, expertos y curiosos, que solo es comprensible si se atiende al mensaje que, en dos tiempos, se pretendió dar desde el poder.
Así, décadas más tarde, el mismo Estado que mantuvo a Gregorio 'Goyo' Cárdenas entre rejas durante largos años, lo usó propagandísticamente para intentar demostrar que el sistema penitenciario era capaz de rehabilitar a cualquier trasgresor de la ley, incluso a perpetradores de crímenes gravísimos.
La punta del iceberg
El cadáver que descubrieron Cristina y Elvira pertenecía a Graciela Arias Ávalos, 22 años, estudiante de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y exnovia de Cárdenas. Estuvieron juntos tres años.

El vínculo nunca le agradó al padre de Graciela, Manuel Arias Córdoba, quien se encargó de alertar a las autoridades de su desaparición, el 5 de septiembre de 1942. Según recoge una investigación de Milenio, el progenitor refirió entonces a la Policía que aquel 2 de septiembre, contra toda costumbre, ella no estaba cuando fue a buscarla a la salida de sus clases nocturnas.
Preocupado, Manuel preguntó a otros alumnos por el paradero de la joven. De esas conversaciones concluyó que se había marchado con su exnovio a eso de las 20:30.
Tres días más tarde, en la comisaría, el hombre fue tajante: el culpable de la ausencia de Graciela no era otro que 'Goyo' Cárdenas, estudiante de química en la UNAM y empleado de Petróleos Mexicanos. De acuerdo con su versión, un mes atrás, su hija se negó a "formalizar relaciones" con Cárdenas debido a su carácter celoso y posesivo, y él no había aceptado esa decisión.
El perpetrador relataría que el día del crimen vio a Graciela intercambiar un gesto cariñoso con otro hombre y se enfureció. Decidió buscarla para pedirle cuentas. Subieron a su vehículo, comieron y pasearon. Al rato, Graciela le pidió que la llevara a su casa y él se negó. Insistentemente exigió saber quién era la persona con la que la había visto más temprano.
Contó luego que entonces recibió como respuesta una cachetada que lo hizo sentirse "raro y exasperado por la humillación". Con presteza, tomó una cuerda que tenía en el carro y la torció contra el cuello de Graciela. Apretó hasta que le arrancó la vida.
Fue rápido. Tanto, que tardó horas en darse cuenta de que estaba muerta. Refirió que esa noche durmió abrazado a su cadáver. "Me resistía a sepultarla, pensaba tenerla para siempre", le relató a los investigadores.
Graciela no estaba sola en la tumba. Cuando la Policía, alertada por Elvira y Cristina, intentaba recuperar los restos de la joven estudiante, brotaron de esa misma tierra los cuerpos y objetos personales de otras tres mujeres. En su testimonio, Cárdenas simplemente las calificó de prostitutas.
Las otras tres flores
El 15 de agosto de 1942, Gregorio paró en la calle a una dama que describió como "de esas que acostumbran vender caricias". Cuando ella le propuso ir a un hotel, él sugirió que fueran a su casa. Allí concretaron un encuentro íntimo tras el cual dijo el agresor haber sentido un odio profundo por esa mujer.
"No estaba Cárdenas ahí, Cárdenas se había transformado en una fiera, era una bestia fuera de la jaula", se recoge en su declaración, citada por Milenio. Como luego haría con Graciela, tomó una cuerda, se la puso en el cuello y la apretó hasta que la mató. Después la enterró en el jardín. Su víctima se llamaba María de los Ángeles González y tenía solo 16 años.
Dijo haber estado consumido por la culpa, así que para contrarrestar el malestar, se refugió en casa de su madre y en la iglesia. Ninguno de los dos ámbitos le puso freno. Antes bien, una semana más tarde, sacudido por lo que aseguró eran "deseos de una mujer", recorrió el Centro Histórico de la Ciudad de México en procura de alguna trabajadora sexual.

Allí detuvo a una jovencita, a quien le pidió su tarifa y procedió a llevar a su casa. Igual que antes, tras el encuentro sexual sintió lo que denominó "repugnancia por la mujer". Ella trató de resistirse, él la ahorcó con una toalla. Y luego la enterró. Nunca fue identificada. El peritaje forense determinó que tenía unos 14 años.
Días más tarde, 'Goyo' aplicó el mismo procedimiento para captar en la calle a otra mujer que luego terminó muerta y enterrada en su jardín. El 29 de agosto, se dirigió al Paseo de la Reforma y allí contrató los servicios sexuales de Rosa Retes Quiroz. No era una adolescente, sino una madre de 33 años. Admitió que la mató a las 23:00, después de haber sufrido otro acceso de ira, tan repentino como inexplicable, una vez concluido el acto sexual.
En la mente del asesino
El asesinato de Graciela supuso para Gregorio Cárdenas un punto de inflexión. Si bien se presentó luego en su oficina para trabajar, no estaba en condiciones de hacerlo. Incluso, le confesó a un compañero que quería suicidarse porque había matado a su novia. Él no le creyó.
Empero, lo llevó a dar un paseo y luego al despacho de un amigo abogado, donde 'Goyo' dijo haber matado a tres mujeres más. Finalmente, convencido de que desvariaba, contactó con su familia para que lo internaran en un recinto psiquiátrico. Allí lo detuvieron las autoridades tras el macabro hallazgo en su jardín.

La prensa hizo rápidamente fiesta con lo ocurrido. El amarillismo bautizó a 'Goyo' como 'El Barba Azul Totonaca' y 'El Descuartizador de Tacuba', al tiempo que a sus víctimas se les etiquetó como "las prostitutas".
Además, el perfil del asesino no se ajustaba a la idea que para la época se tenía de los criminales, caracterizados, más con base en prejuicios que en evidencias, como personas excluidas de la sociedad o como enfermos mentales presos de una enajenación que les impedía responsabilizarse de sus actos.
En su lugar, si bien se trataba de un hombre nacido en provincia y en el seno de un hogar modesto, se hallaba en él también a un estudiante universitario sobresaliente y a un empleado modélico. Posteriormente saldrían a la luz máculas incómodas, como su matrimonio fallido con una adolescente de 16 años, luego de que la madre de la joven lo denunciara por estupro –perpetrado dos años antes de estos crímenes–, su celopatía hacia Graciela, su crueldad con los animales y el maltrato hacia condiscípulas y otras mujeres de su entorno.
Tampoco los especialistas en salud mental se resistieron a meter baza en lo que prometía ser un caso memorable. Por el pabellón de enfermos mentales del Palacio de Lecumberri, donde Cárdenas estuvo recluido por un breve período de 1942, desfilaron psiquiatras, psicólogos y criminólogos, deseosos de ofrecer sus diagnósticos, no siempre solicitados.
"Padece un síndrome hipofiso-hipotalámico post-encefálico (sic), que hace de él un delincuente perverso de muy alta peligrosidad", concluyó en su día Alfonso Quiroz Cuarón, considerado el padre de la criminología mexicana. Otros expertos consideraron que la causa última de su conducta radicaba en una encefalitis que padeció durante la infancia, pero esa hipótesis, como otras que circularon, no pudo ser demostrada fehacientemente.

Pese a que actualmente no se reconoce ninguna enfermedad mental como la que le endilgara Quiroz Cuarón a 'Goyo', la idea de que existen criminales natos y que el estado mental de una persona puede explicar un comportamiento criminal data de inicios del siglo XIX y sigue constituyendo en ciertos sistemas penales un argumento para disminuir una condena o declarar directamente inimputable a un acusado.
Fue justo lo que sucedió en ese caso. Tras la recomendación de Quiroz Cuarón, la Justicia determinó que 'Goyo' tendría que ser recluido en el Manicomio General de la Castañeda, de donde se fugó en 1946. Al recapturarlo, se le reenvió a la prisión de Lecumberri, entre cuyos muros pasó 32 años.
"La figura de Cárdenas cumplió una clara función ideológica: sirvió como recordatorio de la necesidad de una vigilancia constante, ratificando así las estructuras jurídico-políticas que habían llevado a su arresto y reclusión. Sin embargo, cuando se profundizó en su vida laboral, salió a relucir la doble cara del mismo sistema, el brutal 'doppelganger' que se escondía tras el dulce rostro de la promesa capitalista", valora el académico Juan de Dios Vázquez, en un ensayo en el que analiza las transformaciones identitarias que sufrió la imagen pública del asesino serial.
Operación propagandística
Gregorio Cárdenas recibió un indulto del presidente Luis Echeverría en 1976 y fue aclamado en el Congreso mexicano, que lo exaltó como prueba viva de la eficacia de la prisión para rehabilitar a cualquier criminal, con independencia de la gravedad del delito que hubiera cometido. Por entonces estaba en el tapete la discusión sobre la viabilidad de la pena de muerte y el Estado usó a 'Goyo' para sostener la tesis opuesta.
Les servía bien a esos fines, pues durante su estancia carcelaria cursó estudios de derecho en la UNAM, se casó nuevamente, tuvo varios hijos, publicó varios libros y se convirtió en una suerte de referente para otros presos, que acudían a él en procura de consejos legales. Además, con la venia de las autoridades de la prisión, estableció un puesto de venta de tabaco, refrescos y artesanías elaboradas por él mismo y otros reclusos.
La más prosaica verdad, reconstruida por investigadores, realizadores y periodistas en distintos tiempos, muestra que el indulto de Echeverría correspondía en realidad a un acto de reparación. En aquellos años, la máxima condena que podía recibir un ciudadano mexicano ascendía a 30 años de cárcel. Gregorio Cárdenas los cumplió en 1972 y sus abogados avanzaron causas penales para demostrar la inconstitucionalidad de su retención por encima del plazo estipulado por la ley.
Desde otro costado menos publicitado, el célebre reo también sirvió de ariete para blanquear la imagen de represores y violadores sistemáticos de los derechos humanos que arrastraban los gobiernos priístas desde hacía varios lustros, y que se hicieron inocultables ante la opinión pública tras la masacre de Tlatelolco, el 2 de octubre de 1968.
Muchos de los líderes del movimiento estudiantil de 1968 fueron encarcelados en El Palacio Negro de Lecumberri y allí sufrieron torturas y vejámenes de toda laya. Para las autoridades imperaba, pues, desacreditar ejemplarmente esas inconvenientes denuncias y nadie mejor que Gregorio Cárdenas para ello.
Cárdenas falleció en la capital mexicana en 1999, a los 84 años. La prisión de Lecumberri fue clausurada en 1977, en medio de severos cuestionamientos. El edificio, declarado posteriormente monumento histórico, alberga desde 1982 el Archivo General de la Nación.


