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Por qué la UE evita soluciones fiscales a la crisis por la guerra contra Irán

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Cinco países piden un impuesto común para frenar los beneficios extraordinarios, pero Bruselas lo descarta y deja a consumidores y Estados absorber el impacto de la crisis.
Por qué la UE evita soluciones fiscales a la crisis por la guerra contra Irán

La Comisión Europea ha decidido no impulsar un impuesto común sobre los beneficios extraordinarios que están obteniendo las grandes compañías energéticas a raíz de la guerra entre Israel y Estados Unidos e Irán. Pese a la petición formal de España, Alemania, Italia, Austria y Portugal, Bruselas descarta crear un mecanismo fiscal europeo y se limita a señalar que los Estados miembros pueden actuar por su cuenta si lo consideran oportuno.

La decisión, incluida en los borradores del plan energético que el Ejecutivo comunitario ultima para hacer frente a la crisis, supone en la práctica renunciar a una respuesta coordinada en uno de los elementos más sensibles del actual escenario económico: quién debe asumir el coste de la subida de la energía.

Contexto energético marcado por la guerra

La negativa de Bruselas se produce en un momento de tensión creciente en los mercados energéticos. El conflicto en Asia Occidental y, especialmente, las alteraciones en el tránsito por el estrecho de Ormuz —clave para el transporte mundial de petróleo y gas— han impulsado los precios al alza y han reactivado las presiones inflacionarias en Europa.

Ese encarecimiento tiene un doble efecto: golpea directamente a consumidores y empresas, incrementando al mismo tiempo los ingresos de las compañías energéticas, que se benefician de precios más altos sin que necesariamente hayan aumentado sus costes en la misma proporción.

Qué son los "beneficios caídos del cielo"

No es la primera vez que en el ámbito de la economía, y especialmente en el de las grandes compañías energéticas, se habla de "beneficios caídos del cielo". Se trata un concepto coloquial aunque bastante pertinente para designar las ganancias extraordinarias que no proceden de una mejora en la eficiencia, la innovación o la inversión empresarial, sino de factores externos —en este caso, una crisis geopolítica que dispara los precios de la energía—.

En el sistema energético europeo, además, este fenómeno se amplifica: tecnologías con costes relativamente bajos pueden vender su producción al precio marcado por fuentes más caras, como el gas, lo que multiplica sus márgenes. El resultado es que parte del encarecimiento que pagan los consumidores termina traduciéndose en beneficios adicionales para las empresas del sector.

Precisamente por eso, los cinco países que han presionado a Bruselas defendían un gravamen europeo que permitiera redistribuir parte de esas ganancias y amortiguar el impacto de la crisis sobre hogares y presupuestos públicos.

Europa responde de forma fragmentada

Sin embargo, la Comisión Europea ha optado por no liderar esa vía. Su respuesta desplaza la iniciativa al ámbito nacional y, con ello, introduce un elemento de fragmentación en la política energética europea. "Nada impide a los Estados miembros aplicar este impuesto", dijo al respecto Valdis Dombrovskis, comisario de Economía y Finanzas en el Parlamento Europeo.

Esto supone, en la práctica, una renacionalización de la respuesta a una crisis que es compartida. Y abre la puerta a divergencias dentro del mercado interior: países con mayor margen fiscal o voluntad política podrán intervenir, mientras otros optarán por no hacerlo o hacerlo de forma limitada.

El incómodo contraste con 2022

La decisión resulta especialmente significativa si se compara con la reacción de la propia Unión Europea durante la crisis energética derivada de la escalada en el conflicto entre Rusia y Ucrania. Entonces, Bruselas sí impulsó una contribución solidaria sobre los beneficios extraordinarios de las energéticas, aprobada en tiempo récord.

El paralelismo técnico entre ambas situaciones —una crisis geopolítica que eleva los precios y genera beneficios excepcionales— ha sido subrayado por los países que ahora reclaman una medida similar. Sin embargo, la respuesta ha sido distinta.

Desde la Comisión se argumenta que el contexto actual no es idéntico: a diferencia de 2022, no existe una amenaza inmediata de desabastecimiento energético ni una disrupción tan severa del suministro, lo que reduce la urgencia de medidas extraordinarias. También se apuntan dificultades legales para articular un nuevo impuesto a escala comunitaria, ya que la fiscalidad sigue siendo en gran medida competencia de los Estados y requeriría una base jurídica sólida y un amplio consenso político.

Sin embargo, esa explicación convive con un hecho difícil de pasar por alto: en 2022, en un contexto también marcado por una crisis geopolítica y una fuerte subida de precios, la Unión Europea sí logró aprobar en pocas semanas una contribución solidaria obligatoria sobre los beneficios extraordinarios de las empresas energéticas, precisamente para redistribuir el impacto de la crisis entre empresas, consumidores y Estados. La diferencia entre ambas respuestas no parece, pues, residir tanto en la naturaleza económica del problema como en el grado de voluntad política para abordarlo de forma coordinada.

Reparto del coste: quién termina pagando la crisis

La ausencia de un mecanismo europeo tiene implicaciones directas sobre quién soporta el impacto económico. Sin un instrumento común para gravar los beneficios extraordinarios, el ajuste recae fundamentalmente en dos frentes.

Por un lado, los consumidores, que afrontan facturas energéticas más elevadas. Por otro, los Estados, que despliegan paquetes de ayudas, rebajas fiscales o subvenciones para amortiguar ese impacto, con el consiguiente coste para las cuentas públicas.

El impuesto que proponían los cinco países buscaba precisamente equilibrar ese reparto: trasladar parte del esfuerzo a las empresas que se benefician de la subida de precios. Su ausencia a escala europea reduce ese efecto redistributivo y deja la respuesta sujeta a la capacidad de cada país.

Por lo demás, hay cierto consenso entre analistas en que gravar de forma generalizada los beneficios del sector energético puede desincentivar inversiones, especialmente si no se distingue entre tecnologías fósiles y renovables, en un mercado ya caracterizado por una fuerte concentración y complejidad regulatoria.

Fiscalidad: una limitación estructural de la UE

Más allá del episodio concreto, el caso vuelve a poner de relieve una debilidad estructural de la Unión Europea: su limitada capacidad para actuar de forma coordinada en materia fiscal.

Mientras que la política monetaria está centralizada en el Banco Central Europeo, la fiscalidad sigue siendo competencia de los Estados miembros. Esto dificulta la adopción de instrumentos comunes en momentos de crisis, incluso cuando existe una base económica similar entre países.

La Comisión Europea ha invocado precisamente esas limitaciones legales para justificar su posición. Pero el resultado práctico es que, ante un mismo problema, la respuesta europea vuelve a depender de decisiones nacionales.

Señal ambigua

La decisión de Bruselas no implica la ausencia total de medidas. El plan energético en preparación incluye recomendaciones, como el fomento del ahorro, el impulso del transporte público o una mayor flexibilidad en las ayudas estatales.

Sin embargo, al dejar fuera el impuesto a los beneficios extraordinarios, la Comisión evita uno de los instrumentos más directamente orientados a redistribuir el impacto económico de la crisis.

En un contexto de incertidumbre energética y tensiones geopolíticas persistentes, la Unión Europea envía así una señal ambivalente: reconoce la necesidad de actuar, pero no lo hace de forma plenamente coordinada en un ámbito clave.

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